Sunday, April 25, 2010

El chancro de la corrupción

Fuente: http://peru21.pe/impresa/noticia/chancro-corrupcion/2010-04-25/273482
Autor: Pedro Salinas

Qué más da el asunto de los 'petroaudios’. Qué más da que sea un escándalo que no encuentren a Crousillat. Qué más da la desvergüenza en el caso Comunicore. Qué más da, digo, si estamos en el Perú. Y acá, como sabemos, no pasa nada. Absolutamente nada. Y no solo no pasa absolutamente nada, sino que, si acaso no se han dado cuenta todavía, la corrupción tiene barra libre, y se pasea en combi. O, si prefieren, en uno de los buses del 'Lentopolitano’. Lo mismo da. Pero que se pasea, se pasea.

No debería ser así, es verdad. No. Estoy de acuerdo con ustedes. Pero, ya saben. El Perú no es Suecia. Ni Dinamarca. Acá tenemos de todo. Desde el policía que le dice al infractor “cáigase con algo, aunque sea para la gaseosa”, o el alcalde que le dice al contratista “puedo hacer que ganes la licitación, y lo podríamos arreglar si el cinco por ciento es mío”. Y así. Que la lista de ejemplos es más larga y la cochinada se cuela hasta en las oficinas más insospechadas. Porque las historias de sobornos y corrupción, que es el tema de este artículo, son tan viejas como las leyendas de los hermanos Áyar.

Lo describió muy bien León Trahtemberg, corto y sencillo, en una de sus perspicaces columnas: “La historia del Perú ha sido la historia de sucesivos ciclos de corrupción seguidos por muy breves periodos de reforma anticorrupción, detenidos por el peso de vastos intereses personales contrarios a frenar la corrupción”.

Lo terrible es que el peruano se ha vuelto inmune a ella. La tolera. La consiente. La perdona. Le dice amén. Y no nos damos cuenta, los peruanos, de que la corrupción no es una mera preocupación moral o ética. La corrupción nos cuesta como país. Cuesta en dinero contante y sonante. Se trata de un obstáculo endémico al desarrollo. Además, “mina el estado de derecho, distorsiona el comercio y otorga ventajas económicas a unos pocos privilegiados”, como dice la revista Foreign Policy.

Hace pocos días nomás, en México, una investigación realizada por el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) revelaba que los empresarios aztecas gastaban al año 85 mil millones de dólares en coimas. O “mordidas”, si quieren, para decirlo en lenguaje charro. 85 mil millones de dólares, nada menos. Ello supone que las empresas mexicanas dedican entre el 6% y 10% de sus ingresos a sobornar funcionarios públicos. Y el porcentaje más alto de chanchullos se da en los gobiernos estatales y municipales. Y por acá, ¿cómo estamos?, pregunto. No tenemos idea. Ni sabemos hasta qué punto se extienden sus ramificaciones. No lo sabemos porque, claro, a nadie le interesa hacer un mapa de la corrupción. Menos, obviamente, a los beneficiarios de la misma. El citado Trahtemberg, basado en un estudio del peruano Alfonso Quiroz, aventuraba que las pérdidas directas e indirectas para el Estado por corrupción equivalían al 3% del PBI anual. “¿Se imaginan si ese 3% del PBI robado por la corrupción se hubiera invertido sistemáticamente en la educación para llegar al 6% del PBI, como lo hicieron los países desarrollados? El Perú podría tener hoy la mejor educación del mundo. Lamentablemente, tenemos una de las peores, gracias a la corrupción”, anotaba el educador.

Recién ahora, en una encuesta de Ipsos Apoyo, se percibe que la corrupción (así como la delincuencia común) inquieta a la ciudadanía. Se trata de una noticia que es mala y buena. Mala, porque ello nos dice que la corrupción, que suele ser invisible –como Crousillat– ya está asomando su cabezota sin que le importe un rábano el qué dirán. Y buena, porque ello podría ser un síntoma de que nos empieza a hartar.

Si es así, será motivo para que los empresarios –que, como ha escrito Augusto Álvarez, suelen ser el motor y el motivo de la corrupción– se pongan las pilas y presionen para que se ponga coto a los pactos bajo cuerda. Para que exijan mecanismos eficaces de transparencia. Para que reclamen menos regulaciones y menos burocracia, que suelen ser las taras del sistema que propician esta corrupción galopante e impune que padecemos. Porque si algo empobrece a este país, es la corrupción, aquella en la que nadan y saltan como lizas unas criaturas despreciables, que, encima, se dan el lujo de participar en la política, como si fuese lo más natural del mundo, mientras que uno, desde este modesto papel, a lo máximo que puede aspirar es a desearles que les dé un chancro repentino, que les produzca un dolor atroz, ciego, inhumano. Porque nadie les sanciona. Pues eso.

Friday, April 23, 2010

El reino del antro de la corrupción

La irracionalidad delincuencial se impone y manipula nuestro modo de vida. Las instituciones tutelares que deben velar por el bien de la familia peruana están digitados a la manera mas conveniente de los corruptos. La justicia es inexistente por que el Sistema Judicial esta podrido y necesita una reforma profunda. El gobierno central esta copado por ilustres de la nada que ya no tienen moral para responder sobre sus acciones. El titiritero representante de todo este sistema vocifera ya sin sentido “el Perú avanza”. La oxigenación que la sociedad urgentemente necesita tampoco pareciera estar a la vuelta de la esquina, por que los corruptos y todos aquellos que están inmersos en actos de corrupción se han reagrupado y atentan copar nuevamente los estamentos de poder de gobierno. Para este fin, ahora tienen un elegido que gracias a la falta de educación cívica de la población cabalga primero en las encuestas. Su cercano seguidor es otro acápite de esta pobre historia de nuestro Perú. Nacido políticamente en el antro de la cloaca corrupta de un individuo que más se dedico a robar que gobernar. Claro todo esto ocurre con la bendición del corrupto mayor que quiere el continuismo de la inmoralidad, el reino del crimen y la impunidad. ASACLC

Fuente: http://www.larepublica.pe/claro-y-directo/23/04/2010/el-mas-perverso-de-todos-los-faenones

El más perverso de todos los faenones
Vie, 23/04/2010 - 23:52

Cómo la corrupción afecta al ciudadano de a pie.

Augusto Álvarez Rodrich
alvarezrodrich@larepublica.com.pe

Entre tantas pruebas que unos medios y periodistas revelan con valor, y otros medios y periodistas niegan con horror, la atención pública va a darles prioridad a las que confirman la involucración de importantes políticos en una podredumbre muy profunda, en perjuicio de las que reflejan, de un modo singular, el impacto tan negativo de la corrupción en la vida cotidiana de los ciudadanos de a pie.

Por ello, en lugar de ocuparme hoy en mi columna sobre la evolución crecientemente complicada de políticos como Jorge del Castillo en el caso de los ‘petroaudios’, prefiero darle prioridad al audio que ayer revelaron los padres de los jóvenes asesinados en la discoteca ‘Utopía’ por la irresponsabilidad de unos criminales que no tomaron las precauciones indispensables.
Lo que presentaron ayer en la sede de la Coordinadora Nacional de DD.HH. fue un audio que revela las sucias maniobras del tristemente célebre Alberto Químper para evitar que se juzgue en la vía penal –donde corresponde– a los responsables del crimen de ‘Utopía’ que les costó la vida a 29 jóvenes.

Ahí se revela lo que todos intuimos pero que ahora se refuerza con pruebas más sólidas: es la corrupción lo que explica por qué, ocho años después de la tragedia, no se ha podido lograr que se haga justicia en este crimen horrendo.

El operador de estas asquerosidades es nada menos que ‘don Bieto’, cuyo estilo corrupto revela la dimensión real del problema que enfrenta el país por la presencia de tanto miserable como este. Él no era un personaje anónimo, sino alguien profundamente involucrado con el poder político y económico, al punto de que defendió judicialmente al actual presidente, era un habitué en el Congreso, y muchas empresas lo solicitaban.

Lo que en verdad ha sido siempre este rufián –como revelan las pruebas que aparecen– es la rata con que lo presentan sus imitadores, alguien con la habilidad para moverse por las alcantarillas del poder para lucrar, con malas artes, a costa de este. El problema es que, con frecuencia, al poder político y económico les gusta operar con miserables corruptos como Químper.

Siempre se piensa que la corrupción es un fenómeno que ocurre entre gente importante: la que está en el poder y la que se vincula a este, pero que no perjudica al ciudadano de a pie.
Pero el audio de Químper revelado ayer es una expresión singularmente valiosa de la manera como la corrupción sí afecta la vida cotidiana de las personas, como, en este caso, la posibilidad de que los padres de los jóvenes asesinados en ‘Utopía’ puedan tener, al menos, la tranquilidad de que se pudo hacer justicia. Es la corrupción lo que lo impide.

Sigue brotando el pus de la inmundicia